
Por Ramón Bierd (Chayanne)
En Santiago de los Caballeros, la autoproclamada “Ciudad Corazón”, el corazón de muchos conductores late hoy con molestia, impotencia y frustración. Las calles y avenidas han sido tomadas por los llamados “parqueadores”, personajes que operan sin regulación, sin autoridad y sin derecho alguno sobre el espacio público, pero que actúan como propietarios absolutos de cada tramo disponible para estacionar.
Lo que empezó como una “ayudita” para organizar el parqueo se ha convertido en un negocio caótico, agresivo y abusivo, donde el ciudadano común queda a merced del más fuerte, del más atrevido y del que grite más.
Un poder callejero que nadie controla
En prácticamente todas las vías de Santiago, desde las zonas comerciales hasta los barrios residenciales, basta detener el vehículo para que aparezca un “parqueador” exigiendo pago adelantado, cobro por “cuidar”, o incluso “derecho” a estacionar. No importa si el espacio es público, si no existe señalización municipal, o si el conductor no solicitó ningún servicio.
La práctica se ha normalizado hasta el punto de que, en algunos sectores, estos individuos bloquean espacios, reservan áreas completas con piedras, conos, sillas y tubos, como si fueran dueños legales del terreno. Lo que es de todos, es manejado por unos pocos como si fuera patrimonio personal.
El Monumento: epicentro del abuso
Si en Santiago el problema es grande, en el área monumental es un escándalo. Allí los parqueadores actúan con una mezcla de prepotencia y descaro. Muchos visitantes han denunciado actitudes intimidantes, amenazas veladas e intentos de agresión.
Turistas, familias y jóvenes que buscan recreo terminan enfrentándose a verdaderos bravucones, quienes alegan que “ese parqueo es de ellos”, como si el Monumento —símbolo de toda la ciudad— se hubiese convertido en propiedad privada controlada por manos informales.
El caos se multiplica en los grandes eventos deportivos

La situación empeora significativamente cuando Santiago alberga espectáculos y eventos masivos. En cada juego de béisbol en el Estadio Cibao, las calles circundantes se convierten en un terreno fértil para los abusos. Los parqueadores llegan temprano, toman posesión de las aceras, cierran espacios con objetos improvisados y fijan tarifas obligatorias bajo el pretexto de “organizar”.
En noches de pelota, el desorden se vuelve un negocio redondo:
– No respetan las áreas residenciales.
– Exigen pagos desproporcionados.
– Amenazan o intimidan a quienes se niegan.
– Y tratan el entorno del estadio como si fuese un parqueo privado a cielo abierto.
Lo mismo ocurre en la Gran Arena del Cibao, donde durante juegos de baloncesto o grandes espectáculos artísticos, los parqueadores operan con una autoridad de facto. Muchos ciudadanos han denunciado que incluso en calles completas resulta imposible estacionar sin caer en manos de estos grupos que deciden quién entra, quién sale y cuánto se paga.
Lo público se privatiza a la fuerza, y el ciudadano queda atrapado entre asistir al evento o exponerse a un conflicto innecesario.
¿Dónde están las autoridades municipales?
La pregunta es inevitable.
¿Por qué el Ayuntamiento ha permitido que una ciudad con vocación turística, deportiva y cultural funcione bajo un sistema de extorsión callejera?
No existe un plan visible, una regulación clara ni operativos permanentes. Mientras tanto, el caos crece y la población siente que está sola, pagando por un servicio que nadie pidió y que, en realidad, no es más que una apropiación indebida del espacio público.
La ausencia municipal no solo es preocupante: es alarmante. Cada día que pasa, los parqueadores informales consolidan su presencia y se fortalecen en un territorio que no les pertenece.
Un llamado urgente y necesario
Santiago merece orden, respeto y seguridad.
Los ciudadanos no pueden seguir sometidos a este abuso impune ni acostumbrarse a un desorden que se ha normalizado a la fuerza.
Este no es un problema menor, ni un malestar aislado. Es una violación cotidiana al derecho colectivo que degrada la imagen de la ciudad y erosiona la convivencia.
Es hora de que las autoridades municipales actúen con firmeza, claridad y responsabilidad.
Las calles no pueden seguir en manos de quienes se han arrogado un poder que nadie les otorgó.
Santiago necesita recuperar el control de sus espacios públicos.
Y necesita hacerlo ya.

