Por: Ramón Bierd (Chayanne) especial para RB Noticias y Más
Vivir en Santiago de los Caballeros se ha convertido en una carrera de obstáculos cada vez que salimos a las calles. El tránsito ya no es solo un problema de tapones; es el reflejo del desorden en el que hemos permitido que crezca la ciudad. Lo que debería ser un sistema que facilite la vida cotidiana se ha transformado en un tormento diario para conductores, peatones y pasajeros.
Circular por las principales calles y avenidas de Santiago de los Caballeros, es una prueba constante de paciencia. Falta planificación, sobran improvisaciones. Semáforos descoordinados, calles estrechas para el volumen de vehículos que hoy circula, obras viales que no responden a una visión integral de movilidad y un crecimiento urbano que se hizo sin pensar en cómo la gente se movería de un punto a otro.
A esto se suma un problema estructural que por años ha sido ignorado: la falta de parqueos. En zonas comerciales y áreas de alto tránsito, estacionarse es casi imposible. La consecuencia es un desorden permanente: vehículos en doble fila, aceras ocupadas, carriles bloqueados y una congestión que se volvió parte del paisaje urbano.
Pero el caos no es solo físico; es institucional. Las autoridades municipales, responsables del ordenamiento urbano y del uso del espacio público, han fallado en imponer reglas claras y sostenidas.
No hay una política coherente de movilidad ni una fiscalización efectiva del estacionamiento indebido. La ciudad opera sin una dirección firme, como si cada problema se resolviera con parches temporales que, en la práctica, no resuelven nada.
A esta falta de autoridad se suma una actuación cuestionable de muchos agentes de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESSET). En vez de contribuir a organizar el tránsito, en demasiadas ocasiones terminan agravando el problema: retenciones mal ubicadas, intervenciones improvisadas que crean más tapones, tolerancia frente a infracciones evidentes y una presencia que no siempre se traduce en orden real. El ciudadano percibe que no hay un criterio técnico unificado, sino respuestas reactivas que empeoran el caos.
A esto se añade la falta de educación vial de una parte significativa de los choferes del transporte público. Con frecuencia se detienen donde les da la gana, montan y desmontan pasajeros en plena vía, invaden carriles, irrespetan semáforos y ponen en riesgo a peatones y conductores. No se trata de estigmatizar, sino de reconocer una conducta repetida que colapsa aún más el sistema. Sin control ni consecuencias, el desorden se convierte en norma.
El caos del tránsito en Santiago no es un accidente. Es el resultado de años de improvisación, crecimiento urbano sin planificación y ausencia de una autoridad metropolitana que piense la movilidad como una política pública integral. Cada nuevo proyecto comercial suma más vehículos a un sistema que ya colapsó, sin que se exijan soluciones reales de acceso, salida y estacionamiento.
Esto no es solo una queja. Es un llamado a la responsabilidad. Santiago necesita un plan serio de movilidad urbana, con técnicos, datos y metas medibles. Necesita reordenar el transporte público, crear parqueos funcionales, educar de forma permanente a los choferes, hacer cumplir la ley sin excepciones y exigir resultados tanto a las autoridades municipales como a los organismos responsables del tránsito.
Una ciudad que aspira a ser moderna no puede seguir moviéndose en el desorden. El tránsito es el termómetro de una sociedad organizada. Hoy ese termómetro marca fiebre alta. Santiago aún está a tiempo de corregir el rumbo, pero cada día de inacción institucional acerca más a la ciudad a un colapso que luego será mucho más difícil de revertir.
El caos vial no es mala suerte, es responsabilidad, responsabilidad de quienes gobiernan la ciudad, de quienes administran el tránsito y de quienes, teniendo la autoridad para ordenar, prefieren mirar hacia otro lado. Mientras el desorden siga siendo tolerado, el ciudadano seguirá siendo castigado. Santiago de los Caballeros no necesita más excusas ni más parches: necesita autoridad que ordene, planificación que piense a largo plazo y consecuencias reales para quien convierta la calle en selva. Si no hay voluntad para imponer el orden hoy, mañana no habrá ciudad que rescatar.

