Por Néstor Estévez
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El instituto ha promovido una visión educativa que conecta conocimiento, valores y compromiso social. De esa forma, la educación deja de ser solo un mecanismo de movilidad individual para convertirse también en instrumento de transformación colectiva.
Hay celebraciones que trascienden el calendario. La del 80 aniversario del ITESIL es una de ellas. Más allá de discursos protocolares y acciones conmemorativas, lo ocurrido en Dajabón propició oportunidades en las que historias personales, memoria colectiva y aspiraciones de futuro encontraron virtuoso caldo de cultivo.
Así se vivió durante las actividades organizadas por el Instituto Tecnológico San Ignacio de Loyola (ITESIL) al recordar la llegada de sus primeros estudiantes aquel 10 de marzo de 1946.
Más que un aniversario, hubo un ejercicio de memoria compartida. Esa memoria se expresó en intercambio entre generaciones, en el orgullo visible de quienes han pasado por sus aulas y en la convicción, ampliamente compartida, de que el ITESIL forma parte del tejido vital de la comunidad.
El valor del diálogo
El intercambio intergeneracional propició que historias de los primeros años del instituto se mezclaran con otras más recientes, pero principalmente con preguntas sobre los desafíos del presente y las oportunidades del futuro.
El filósofo alemán Jürgen Habermas ha planteado que las sociedades democráticas se sostienen en la calidad de sus conversaciones públicas. Es en el diálogo donde construimos sentido compartido, intercambiamos experiencias y proyectamos futuros posibles.

En la celebración del ITESIL se hizo evidente el valor de esas interacciones: dan continuidad a la experiencia. Como ha señalado Edgar Morin, las sociedades necesitan articular memoria y aprendizaje para enfrentar contextos cada vez más complejos.
ITESIL acaba de mostrar continuidad con claridad. Muchos de los profesionales, emprendedores y líderes comunitarios que hoy impulsan iniciativas en la región comenzaron su camino en sus aulas. Su presencia en la celebración no fue solo un gesto de nostalgia. Fue una manera de reconocer que el instituto forma parte de su historia personal y también de su identidad colectiva.
Conexión con su territorio
Durante ocho décadas, la institución ha ofrecido oportunidades educativas a jóvenes de la frontera que, de otro modo, habrían tenido que migrar para continuar sus estudios. Esa función ha contribuido a fortalecer el capital humano y a ampliar las posibilidades de desarrollo local.
Pero su impacto va más allá de la formación técnica. El instituto ha promovido una visión educativa que conecta conocimiento, valores y compromiso social. De esa forma, la educación deja de ser solo un mecanismo de movilidad individual para convertirse también en instrumento de transformación colectiva. Así se evidenció en la integración de autoridades, empresarios, docentes, egresados y gente de pueblo llano que reconoce en la institución un aliado del territorio.
En ello ocupa lugar cimero algo que ha marcado profundamente la identidad del centro: el sello ignaciano. En Loyola Dajabón, la formación no se limita a transmitir conocimientos. Aquí se forma a personas capaces de reflexionar, discernir y comprometerse con la realidad que las rodea.
Durante la celebración de los 80 años del ITESIL, esa inspiración se hizo visible en múltiples gestos: en el reconocimiento a quienes han dedicado su vida a la institución, en la gratitud expresada por generaciones de egresados y en la convicción compartida de que la educación tiene sentido cuando impacta positivamente en la vida de las comunidades.
Mirando hacia el futuro
Muchas conmemoraciones se limitan a mirar hacia el pasado. Pero en Dajabón, el primer fin de semana de marzo 2026, se propició que también incluyéramos preguntas sobre el futuro. En Dajabón quedó claro que la educación sigue siendo herramienta poderosa para impulsar desarrollo territorial.
El desafío ahora es mantener viva la conversación que hizo posible ese camino. Vale retomar al pensador latinoamericano Jesús Martín-Barbero. Él plantea que las instituciones que realmente transforman comunidades son aquellas que logran articular educación, cultura y territorio.
No perduran aquellas que se limitan a repetir tradiciones, sino las que saben renovar constantemente su misión. En el caso del ITESIL, está muy clara: seguir formando personas capaces de aprender, emprender y comprometerse con su comunidad.
Ochenta años después de su fundación, el mayor legado del instituto no está solo en su trayectoria académica. Está, sobre todo, en las redes de confianza, aprendizaje y colaboración que ha contribuido a tejer en Dajabón, en la región y en gran parte del país. Ahí reside su verdadera fortaleza. Y también es su promesa más valiosa para el futuro.

