Por Néstor Estévez
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Un árbitro, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, se ganó un lugar incómodo en la memoria reciente de los dominicanos. Su zona de strike, cuestionada por muchos, terminó siendo decisiva para cortar el invicto de República Dominicana en el Clásico Mundial de Béisbol 2026.
La derrota ante Estados Unidos no solo relegó al equipo al tercer lugar; también desató una ola de frustración colectiva. La reacción de Geraldo Perdomo, bateador de turno, encontró eco inmediato en una fanaticada que seguía el juego con ilusión. Más tarde, Nelson Cruz habló de lágrimas en el camerino, mientras Albert Pujols destacó el carácter del grupo y su firmeza incluso después del golpe.

Sin embargo, lo más revelador no fue la derrota, sino la actitud posterior. Los jugadores optaron por “pasar la página” cuando el país aún procesaba la rabia. Esa madurez obliga a detenernos. Ahí hay una lección que suele pasar desapercibida.
Ya sabemos que el deporte está atravesado por la emoción. Y en República Dominicana, el béisbol se vive con una intensidad que bordea lo visceral. Pero conviene preguntarse: ¿estamos reduciendo nuestra “pelota” a un simple desahogo colectivo? ¿O somos capaces de aprovecharla como herramienta de desarrollo personal y social?.
En un país donde “la política y la pelótica” marcan la conversación cotidiana, el béisbol es mucho más que un juego. Es identidad, aspiración y relato compartido. Sin embargo, cuando toda esa energía se canaliza únicamente desde la lógica de ganar o perder, se desperdicia gran parte de su potencial transformador.
Diversos estudios en psicología del deporte advierten sobre los efectos de la “orientación al ego”. En estos entornos, el éxito se define por superar al otro, no por mejorar. El resultado es predecible: aumentan los conflictos, tanto en lo operativo como en lo interpersonal.
La lógica es clara. Cuando el foco está en la comparación constante, el equipo se fragmenta. Surgen rivalidades internas, tensiones innecesarias y una erosión del sentido colectivo. Además, este enfoque suele asociarse con ansiedad, conductas antideportivas y agotamiento emocional. Lo que comienza como competencia termina debilitando al grupo.
Aquí el deporte se convierte en espejo social. Como advertía Jürgen Habermas, la calidad de una sociedad depende de cómo gestiona sus interacciones. Si nuestro principal espacio simbólico —“la pelota”— se vive desde la confrontación, esas mismas lógicas se reproducen en otros ámbitos de la vida pública.
Pero hay otra forma de jugar. Y, sobre todo, de entender el juego. La “orientación a la tarea” propone un cambio de enfoque. Aquí, el éxito no se mide por vencer al otro, sino por aprender, mejorar y aportar al colectivo. La competencia no desaparece; se redefine.
Bajo esta lógica, los equipos tienden a reducir los conflictos sociales, fortalecer la cohesión y generar entornos más saludables. Muchas experiencias comunitarias lo confirman: cuando priorizamos objetivos comunes, los conflictos personales se quedan fuera del terreno.
En términos territoriales, se logra un espacio seguro, donde predominan el respeto y la colaboración. Vecinos que antes no se hablaban comienzan a construir confianza. Comunidades fragmentadas identifican puntos de encuentro. El deporte, bien orientado, se convierte en un lenguaje común.
El béisbol dominicano puede abordarse con una clara disyuntiva: sirve para fortalecer la cohesión social o para profundizar las divisiones. Todo depende de cómo se gestione nuestra pasión por “la pelota”.
A partir de ahí, la pregunta clave es: ¿qué hacemos con esa energía colectiva?
Primero, reconocer su capacidad de movilización. Pocas cosas convocan tanto como el béisbol en República Dominicana. Si redefinimos el éxito —menos obsesión por ganar, más énfasis en aprender— esa energía puede convertirse en motor formativo.
Segundo, aprovechar su valor educativo. Entrenadores, escuelas y comunidades pueden promover una cultura basada en el esfuerzo, la autoevaluación y el trabajo en equipo. No se trata solo de formar atletas, sino ciudadanos.
Tercero, potenciar su impacto comunitario. Cuando el deporte se organiza en torno a objetivos colectivos, se convierte en plataforma de articulación social. Se fortalecen vínculos, surgen redes y se abren espacios de participación. En términos de Amartya Sen, se amplían capacidades y oportunidades.
Dicho de manera muy simple: a los dominicanos, “la pelota” nos mueve. Solo falta decidir hacia dónde.

