
En un país donde el tránsito es un caos permanente, la institución que debería poner orden se ha convertido en todo lo contrario: una maquinaria obsesionada con multar, no con organizar. La Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESETT), creada para dirigir, educar y prevenir, opera hoy como un mecanismo de sanciones que castiga al ciudadano común mientras el desorden vial continúa y empeora frente a sus propios ojos.
A diario, miles de personas reciben multas que jamás cometieron. Hay dominicanos que nunca han tenido un vehículo y, aun así, aparecen con tres y cuatro infracciones en el sistema. No hay explicación, no hay responsables, no hay procesos transparentes de reclamación, pero sí hay una constante: si no pagas, no avanzas en ningún trámite estatal. Multas sin prueba, sin defensa y sin control.
La institución aparece donde es más fácil detener, no donde verdaderamente hace falta organizar. Se esconde detrás de esquinas, irrumpe en operativos sorpresivos y permanece ausente en los puntos donde el desorden se desborda. La seguridad vial no está en el foco: la recaudación sí.

Y lo más absurdo e incomprensible, se sustituyen semáforos plenamente funcionales por agentes de la DIGESETT, especialmente en las llamadas horas pico. Semáforos que podrían manejar el flujo con precisión milimétrica son reemplazados por agentes que, con señas confusas y decisiones improvisadas, transforman una vía estable en un cuello de botella.
¿Por qué apagar un sistema que funciona para imponer uno que genera tráfico, lentitud y desorden? Es una pregunta que el país entero se hace, y que la institución no ha querido responder. La impresión es clara: el caos creado sirve de excusa para justificar la presencia constante de agentes que, al final del día, se enfocan más en multar que en organizar.
Mientras tanto, los choferes imprudentes continúan haciendo lo que quieren, los peatones siguen desprotegidos y la cultura vial se deteriora cada vez más.
Crece la percepción nacional de que la DIGESETT dejó de ser una entidad de servicio para convertirse en el brazo opresor de un sistema que encontró en las multas una fuente de ingresos segura. Un organismo que castiga, pero no corrige; que cobra, pero no controla; que sanciona, pero no educa.
En una nación donde la seguridad vial se juega con vidas humanas, una institución dedicada a recaudar no puede seguir dirigiendo el tránsito.

La población lo dice sin miedo: la DIGESSETT dejó de ser autoridad y se convirtió en una maquinaria opresiva disfrazada de orden. Una institución que aparece donde es fácil cobrar, pero nunca donde se necesita controlar. Que se esconde detrás de columnas para sorprender ciudadanos, pero no enfrenta los verdaderos problemas viales que cuestan vidas. Hoy, más que ordenar, la DIGESSETT parece dedicada a recaudar y justificar su presencia con operativos que aportan poco y complican mucho. Cada multa injusta, cada semáforo apagado, cada esquina abandonada confirma lo que ya es evidente: el caos del tránsito no es un accidente; es el resultado de una institución que ha renunciado a su misión.
En un país donde conducir es arriesgarse a accidentes, estrés y abusos, resulta inaceptable que la entidad encargada de proteger al ciudadano sea la misma que provoca el desorden. La DIGESSETT, tal como funciona hoy, no organiza: estorba, presiona y colapsa.
La gente está agotada, el país está cansado y la DIGESSETT debe redefinir su misión o admitir, de una vez por todas, que dejó de ser parte de la solución para convertirse en uno de los peores problemas del tránsito nacional.

