
Por: Asiaraf Serulle
“El respeto nos guía, el trabajo en equipo nos impulsa, el liderazgo nos define.”
En República Dominicana, la democracia enfrenta un enemigo silencioso, pero devastador: el creciente desinterés de la juventud por ejercer el voto. No es apatía generacional; es un cansancio profundo alimentado por promesas incumplidas, corrupción impune y políticas divorciadas de la realidad.
Los jóvenes crecieron viendo cómo los problemas cambian de rostro, pero no de fondo. Donde el discurso parece más importante que la acción, y donde la política luce como un espectáculo que no los representa.
La frustración es comprensible. Se les ha enseñado a desconfiar de un sistema donde el progreso se anuncia más de lo que se siente, y donde la transparencia suele ser más un lema que una práctica. Por eso muchos preguntan: ¿Para qué votar, si nada cambia?
Pero esa pregunta es una trampa. Una trampa que beneficia a quienes prefieren una sociedad distraída, desmotivada y silenciosa.
Porque cuando los jóvenes se retiran de la vida democrática, el país queda en manos de quienes no desean transformarlo. Y esas decisiones golpean directamente su educación, su empleo, su seguridad, su bolsillo y sus oportunidades.
La juventud dominicana ha visto cómo el mérito pierde frente al amiguismo, cómo las oportunidades dependen más de conexiones que de capacidades, y cómo se toman decisiones cruciales sin considerar a quienes heredarán sus consecuencias.
Salarios estancados, alto costo de vida, falta de empleos dignos y servicios básicos deficientes afectan con mayor fuerza a quienes apenas empiezan a construir su futuro.
El desencanto es legítimo. La renuncia, no. Cada joven que decide no votar no castiga a los políticos. Se castiga a sí mismo y a su generación.
Estamos en un momento decisivo: Las próximas elecciones no son solo continuidad o cambio. Son la oportunidad real de redefinir el rumbo del país hacia un modelo más justo, más transparente y comprometido con el bienestar colectivo.
La abstención juvenil no es neutral.
Es un regalo para los que se benefician del inmovilismo.
La democracia no se fortalece con espectadores, sino con participantes.
El voto es más que un deber cívico: es un acto de dignidad. Es declarar: “Mi futuro no se negocia. Mi voz cuenta. Mi decisión importa.”
Y es, sobre todo, la herramienta más poderosa para frenar abusos, exigir transparencia y respaldar a quienes realmente tienen un compromiso con el país.
Los grandes avances de las naciones siempre han nacido de generaciones jóvenes que se negaron a aceptar el “así es” como destino. La juventud cuestiona, propone, empuja, incomoda y eso es exactamente lo que necesita hoy República Dominicana.
Debemos entender algo simple: Si los jóvenes no votan, otros votan por ellos. Si no deciden, otros deciden por ellos. Si no participan, otros aprovecharán su silencio.
No es justo que el futuro sea decidido por quienes ya no enfrentarán sus consecuencias.
El país necesita una juventud presente, informada y valiente; capaz de romper el ciclo de indiferencia que ha permitido que los mismos problemas se repitan por décadas.
El desinterés no es rebeldía, es rendición. Y rendirse no es opción cuando hablamos del futuro de la nación.
Hoy se necesitan claridad, conciencia y compromiso. Se necesita una juventud que levante la cabeza y diga: “Este país también es mío, y voy a defenderlo.”
Porque si no votamos, no cambiamos. Si no cambiamos, repetimos. Y si repetimos, no avanzamos.
La juventud tiene algo que ningún poder político puede comprar: independencia. Pues no arrastra compromisos heredados ni ataduras históricas. Esa libertad convierte su voto en la fuerza más influyente de cualquier proceso electoral. Una juventud informada presiona. Una juventud despierta cuestiona. Una juventud crítica obliga a mejorar. Una juventud presente cambia los resultados.
Por eso, el llamado no es a votar por tradición o simpatía, sino a votar con conciencia, con criterio, y con la convicción de que el futuro no debe quedar en manos de otros.
Toda generación enfrenta un momento en el que debe decidir si será espectadora o protagonista. La juventud dominicana está hoy en ese punto.
Lo que está en juego no es solo quién ocupará un cargo, sino el rumbo del país, en los poderes Ejecutivo, Legislativo y Municipal. Están en juego las oportunidades, la estabilidad económica, la seguridad, los derechos y la confianza en las instituciones.
Las decisiones de hoy impactarán más a la juventud que a quienes llevan décadas en el sistema.
La juventud dominicana no está perdida. Está despertando.
Y cada voto joven puede ser la chispa que encienda un país distinto.

