Por Asiaraf Serulle
“El respeto nos guía, el trabajo en equipo nos impulsa, el liderazgo nos define.”
En días recientes recordamos la fábula de Esopo “El zorro y el cuervo”, cuyo mensaje, aunque antiguo, sigue siendo sorprendentemente vigente, especialmente en la política dominicana. La historia es sencilla: el cuervo, confiado, sostiene un trozo de queso; el zorro, incapaz de arrebatárselo por la fuerza, recurre a palabras bonitas, diciéndole exactamente lo que quiere escuchar. El resultado es conocido: el cuervo abre el pico y pierde lo que tenía.
Esta fábula nos deja una lección clara y pasajera: no todo el que promete soluciones rápidas o habla bonito está realmente comprometido con el bienestar del pueblo. La política auténtica exige esfuerzo, conciencia y trabajo constante; no se sostiene en discursos vacíos ni en promesas fáciles.
Para la juventud dominicana, esta enseñanza resulta especialmente urgente. Nadie llega para hacernos el camino fácil. Los cambios verdaderos no ocurren sin formación, organización y compromiso activo. Creer que alguien resolverá todos nuestros problemas por arte de magia es, quizás, la forma más segura de entregar lo que tanto nos ha costado construir.
En nuestro país, esta historia se repite con demasiada frecuencia. Abundan los “zorros” que prometen soluciones milagrosas y buscan halagar al pueblo, mientras muchos ciudadanos bajan la guardia y confían sin cuestionar. La política con propósito exige mirar hechos y no palabras; resultados y no aplausos. Valorar a quienes realmente trabajan por el pueblo implica exigir transparencia, rendición de cuentas y ética en la gestión pública.
El mundo y la política están llenos de personas que se acercan solo para aprovecharse: de nuestra confianza, de nuestro voto y de nuestras esperanzas. Una vez alcanzan su objetivo, desaparecen. Por eso es fundamental que, como sociedad, apostemos por personas con valores, objetivos claros y un compromiso genuino con el interés común.
La democracia se fortalece cuando el ciudadano despierta, cuestiona y participa con criterio. No se trata de desconfiar de todo, sino de asumir la responsabilidad cívica de proteger lo que es de todos: los bienes públicos, los recursos comunes y la esperanza de un país mejor.
La política con propósito no se construye con halagos ni promesas vacías, sino con ciudadanos críticos y líderes conscientes de que el poder existe para servir, no para aprovecharse del pueblo. Mientras sigamos creyendo en cantos de sirena, seguiremos perdiendo aquello que tanto nos ha costado construir.

