Por: Ramón Bierd (Chayanne)
Especial para RB Noticias y Más
Lo que está ocurriendo en Santiago con los llamados “parqueadores” hace tiempo dejó de ser un simple desorden urbano para convertirse en un problema serio de autoridad. En distintos puntos de la ciudad, estos individuos han pasado de ofrecer un supuesto servicio a imponer sus propias reglas, tarifas y hasta actitudes intimidantes frente a los ciudadanos.
La situación quedó evidenciada recientemente durante el concierto de Juan Luis Guerra en las inmediaciones del Estadio Cibao, donde decenas de conductores denunciaron que personas identificadas como parqueadores cobraban entre 500 y hasta 1,000 pesos por permitir estacionarse en calles públicas.
Lo más indignante es que muchos de estos vehículos estaban estacionados en vías que pertenecen a todos los ciudadanos, pero aun así los llamados parqueadores se comportaban como si fueran los dueños del lugar, fijando tarifas arbitrarias y actuando con total impunidad.
Pero el problema no se limita a eventos masivos. En el entorno del Monumento a los Héroes de la Restauración, el llamado “área monumental”, la situación se ha vuelto parte de la rutina diaria. Allí, para muchos ciudadanos, la zona se ha convertido prácticamente en tierra de nadie.
En ese lugar los parqueadores son quienes deciden quién se estaciona, dónde se estaciona y cuánto hay que pagar. No existe regulación visible ni control efectivo de las autoridades. Cada día la tarifa cambia según el criterio de quien controle el espacio en ese momento.
Lo preocupante es que esta práctica se realiza a plena vista de todos, mientras las autoridades llamadas a garantizar el orden y el respeto a los espacios públicos parecen permanecer indiferentes.
Ante esta realidad surge una pregunta inevitable: ¿por qué la Alcaldía de Santiago, los honorables regidores de las distintas bancadas no enfrentan con firmeza ésta problemática? ¿Existe temor para actuar? ¿O estos grupos se han convertido en intocables?
Muchos ciudadanos se sienten presionados o intimidados. Ya no se trata de dar una propina voluntaria por cuidar un vehículo; en numerosos casos se trata de una imposición acompañada de actitudes agresivas. Quien decide no pagar se expone a discusiones, amenazas o al temor de que su vehículo pueda ser objeto de daños.
La gran preocupación es que las autoridades parecen estar esperando que ocurra una desgracia: un enfrentamiento entre un conductor y uno de estos individuos que termine en violencia.
Santiago es una ciudad importante, dinámica y en crecimiento, pero permitir que grupos informales se adueñen de las calles y establezcan tarifas a su antojo proyecta una imagen de desorden y debilidad institucional.
La ciudad no puede seguir siendo rehén de quienes, bajo el disfraz de “parqueadores”, convierten el espacio público en un negocio privado e imponen su propia autoridad por encima de todos.
La realidad es clara: aquí lo que falta no es diagnóstico, es carácter. No hay voluntad ni pantalones bien amarrados para enfrentar esta situación y ponerle fin al relajo que han montado en las calles de la llamada «Ciudad Corazón». Mientras las autoridades miran hacia otro lado, unos pocos siguen haciendo negocio con lo que es de todos, abusando de los ciudadanos y actuando como dueños del espacio público. Y lo más grave es que esta permisividad solo alimenta el desorden y la impunidad, hasta que un día ocurra una desgracia que pudo evitarse si alguien hubiera tenido el valor de imponer la ley.

